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CORRECCIÓN MOLECULAR DEL MEDIO INTERNO: Hacia una medicina genuinamente biológica.

Actualizado: sep 13

Sin advertirlo, los médicos más convencionalmente formados han estado empleando intervenciones ortomoleculares en su práctica clínica por casi un siglo. El más obvio ejemplo es el tratamiento por reposición molecular de las enfermedades carenciales clásicas (Escorbuto, Beri Beri, Pelagra, Bocio, Raquitismo, Kwashiorkor, Anemia perniciosa, Anencefalia y otras malformaciones del tubo neural, enfermedad de Wernicke-Korsakoff, Xeroftalmia, etc.) con dosis farmacológicas de los nutrientes ascorbato, tiamina, niacina, ergocalciferol, folato, cobalamina, retinol y otros.(1-11)


El propio tratamiento del mal de Parkinson emplea subrepticiamente el aminoácido fenilalanina -precursor nutricional de la dopamina- como abordaje estándar desde hace décadas (las siglas L-DOPA son precisamente el acrónimo de L-Dihidroxi-Fenilalanina). Al mismo tiempo, otras intervenciones convencionales sobre patologías muy específicas como la fenilcetonuria, la adrenoleucodistrofia, y la epilepsia Grand Mal emplean modulaciones nutricionales restrictivas o de sustitución, a saber: la total exclusión de la fenilalanina dietaria, la total exclusión de los ácidos grasos de cadena muy larga junto a la incorporación 1/4 de ácido eurúcico/ácido oleico (el famoso aceite de Lorenzo), y la eliminación parcial de la glucosa circulante, con régimen cetogénico, respectivamente. (12-14)


Es fácil reconocer además que el uso del oligoelemento litio (Li) en dosis farmacológicas para el tratamiento de la fase depresiva del trastorno bipolar, es también del mismo estilo.(15) Existe creciente evidencia de que las correcciones moleculares del medio interno -sea por adición o por sustracción- han demostrado modular positivamente la salud.(16) ¿Cómo es posible que usar moléculas nutricionales en rango farmacológico tenga utilidad terapéutica?


La lógica molecular de la materia viva.


Bajo la inmensa diversidad funcional y morfológica de los organismos vivos subyace una uniforme, casi monótona, simplicidad química. Las complejas actividades celulares dependen de unidades sencillas (monómeros) que dan lugar a todos sus complejos supramoleculares, a sus enzimas, hormonas, receptores, membranas y orgánulos. En el interior de cada célula, protegida por el núcleo, se encuentra archivado el código biológico requerido para sintetizar las cerca de 98.000 proteínas que garantizan su reproducción, obtención de energía y adaptación a los cambios del entorno. No cesa de asombrarnos que la totalidad de las substancias que componen a los organismos vivos, así como todas las reacciones bioquímicas que ocurren en las células tengan su origen en la combinación de apenas 50 “componentes primarios” (aminoácidos, ácidos grasos, monosacáridos y nucleótidos) cuya presencia y apropiada concentración es, por tanto, imprescindible. Tales monómeros o componentes estructurales primarios se combinan para reconstruir continuamente órganos y tejidos, posibilitar la síntesis de catalizadores, neurotransmisores y mensajeros endocrinos, así como para proveer el combustible orgánico necesario para las funciones vitales.


En este punto, termodinámicamente hablando, conviene concebir a los organismos vivientes como aparatos transductores de energía solar. Los tejidos vivos son animados por una cascada descendente de degradaciones oxidativas acopladas -de modo asincrónico- con un surtidor ascendente de síntesis reductivas. El sistema complejo que denominamos metabolismo integra así varios centenares de reacciones químicas recurrentes, la mayoría de las cuales se categorizan en unos pocos tipos básicos de reacciones, involucrados en la transferencia de grupos funcionales. Esta química elemental y común permite a las células vivas emplear de modo iterativo un subconjunto de intermediarios metabólicos para transferir energía y grupos químicos entre reacciones diversas, según sea necesario.



Dichos cofactores (enzimas que catalizan o aceleran las reacciones de transferencia) son continuamente reciclados como parte del intercambio de sustancias y poder energético dentro del organismo, así como con el ambiente circundante. Es útil recordar que cruciales cofactores orgánicos como FAD, NAD, Acetil CoA y otros, son -o están hechos de- las vitaminas riboflavina, nicotinamida, pantotenato, cobalamina, biotina, etc. Muchos contienen AMP (monofosfato de adenosina) como parte de su estructura, lo cual refleja, en nuestra romántica opinión, su origen evolutivo común como ribozimas en el océano primordial, el ancestral mundo en que solo existía ARN.


Es a este nivel donde interviene la práctica ortomolecular. Los terapeutas deben considerar a los nutrilitos como lo que en verdad son: cofactores enzimáticos y/o precursores de neurotransmisores, hormonas, etc. y no solo bloques estructurales inertes. La dosis, sin embargo, hace la medicina. Se ha determinado que los efectos de esta clase de intervenciones terapéuticas son dosis-dependientes, por lo que las correcciones moleculares del medio interno deben alcanzar concentraciones suprafisiológicas de los nutrilitos en cuestión.(18) Por ejemplo, la aciduria metilmalonica precisa de hasta 10,000 mcg de hidroxicobalamina (B-12) para su resolución; al tiempo que el uso del ascorbato para fines antibióticos (C) requiere alcanzar niveles plasmáticos en torno a los 150 mg/dL.(19) Ambas concentraciones superan los niveles fisiológicos por cuatro órdenes de magnitud. Decimos entonces que el empleo terapéutico de dosis efectivas de nutrilitos no tiene por objeto paliar una carencia nutricional (que no debería ya existir) sino dirigir en uno u otro sentido la fisiología celular. El argumento de que suplementar determinados aminoácidos, oligoelementos, vitaminas, ácidos grasos, etc. es fabricar “orina cara” se deshace frente a la evidencia experimental y clínica de que el tratamiento ortomolecular de muchas patologías requiere megadosis de ciertos nutrilitos, lo que implica un empleo metanutricional, netamente farmacológico, de estos.


Alocación asimétrica de nutrientes como causa de patologías crónicas.


En situaciones de penuria nutricional, el organismo evita la muerte por carencia de micronutrientes esenciales concentrándolos en el órgano mas necesitado. Si se produce, por ejemplo, escasez de bioflavonoides en la dieta, el organismo distribuirá los escasos microgramos de carotenoides que logre rescatar del quimo intestinal y procederá a una alocación asimétrica de estos, en los tejidos más sensibles a su falta (i.e. la retina).


Este fenómeno fue bautizado triage nutricional, y constituye un fenomenal recurso adaptativo de los organismos para sobrevivir a las hambrunas y periodos de nutrición insuficiente.(19) La maravillosa capacidad del organismo-como-un-todo para sensar su propio estatus nutricional e implementar una alocación asimétrica, órgano-específica (sectorizada) y contra gradiente de concentración de ciertos micronutrientes ha sido de crucial importancia para la supervivencia y/o la reproducción a lo largo de la evolución del genus Homo. El asunto es que las deficiencias nutricionales crean carencias focalizadas, padecimientos crónicos para los cuales ni siquiera el nivel plasmático normal de los nutrilitos -el rango de referencia- es un indicador fiable. La suplementación nutrifarmacológica tiene pues que superar ampliamente las DDR.


Hace mucho nos hemos familiarizado con la noción de que existe una cantidad conocida diaria de cada nutriente que debemos por fuerza ingerir, por debajo de la cual sobrevendrían enfermedades carenciales graves y, más temprano que tarde, la muerte. Entre 1933 y 1942, siguiendo un impulso dado por la Liga de las Naciones, se construyeron las primeras tablas de recomendaciones nutricionales, considerando estas cantidades mínimas imprescindibles. La nutricionista Hazel K. Stiebeling, del Departamento de Agricultura de E.U. determinó las archifamosas Dosis Diarias Recomendadas (Ing. Recommended Dietary Allowances). La Asociación Médica Británica y el Consejo Canadiense de Nutrición hicieron otro tanto, iniciándose así una filosofía de suficiencia en la nutrición humana que perdura hasta nuestros días.


El concepto de “optimización de las funciones por saturación del medio interno”, mucho más racional y congruente con los datos experimentales, no tiene nada que ver con las CMI o cantidades mínimas imprescindibles. Quien se provea de estas diminutas concentraciones de supervivencia de dichos micronutrientes posiblemente no morirá de ninguna de las enfermedades carenciales clásicas, o tardará varias décadas en hacerlo, aunque con un miserable estado de salud. Se sabe que ciertos estados subclínicos de mala salud pueden durar años, terminando por empeorar bruscamente pocos días antes de la muerte del sujeto.


Por razones evolutivas y de equilibrio en la Biosfera, los organismos vivos parecen haberse adaptado a sobrevivir en condiciones muy inferiores a las óptimas, lo cual significa que, aunque es imposible vivir mucho tiempo sin las CMI de uno o varios nutrientes, una cantidad ligeramente superior nos permite, mal que bien, sobrevivir. Pero, lejos de ser universalmente útil, esta dosis diaria recomendada (DDR) para los individuos de toda la Humanidad, cualquiera que sea su edad, actividad, estado de salud, ubicación geográfica, raza, etc., es patéticamente inadecuada. La incongruencia de esta recomendación fija y única equivaldría al hecho de que existiera un único talle de ropa, S, en todas las tiendas de todos los países del planeta: una quinta parte de la población estaría razonablemente vestida, otra quinta parte muy incómoda, y las tres quintas partes restantes... ¡desnudas!


Polimorfismos, individualidad y la eficacia decreciente de las células.


El más flagrante problema con fijar una dosis nutricional universal o “adecuada” es por supuesto que no tiene en cuenta la individualidad bioquímica. El concepto de polimorfismos genéticos se ha sugerido para describir las variaciones en la función asociadas a un gen en particular. Debido a subvariantes enzimáticas defectuosas (mutaciones no-letales) los requerimientos de un determinado cofactor biológico pueden variar de un individuo a otro por órdenes de magnitud. ¿Cómo podrían en estos casos ser suficientes las miserables DDR?


Interesantemente, en lugar de una relación unívoca con un gen o receptor específico y único, los cofactores biológicos vitamínicos ejercen un efecto plurívoco, en cascada. El estatus nutricional, o más específicamente, las concentraciones de diferentes moléculas del medio interno ejercen una influencia pleiotrópica definida sobre la expresión de características genéticas.(20) Equivale a decir, que la ruta del genotipo al fenotipo está pavimentada por las moléculas del medio tisular, por su concentración y disponibilidad. Lejos de ser un hallazgo ocasional, la presencia de múltiples alelos de un gen -o polimorfismos- son la norma para el género humano.(21) Estas variaciones genéticas crean fenotipos diversos, lo cual tiene repercusiones a nivel funcional. Simultáneamente, influencias ambientales de toda clase imprimen también su fuerza sobre la fisiología de cada persona. Así, la individualidad bioquímica que de ello se deriva hace injustificables las DDR, que estipulan un valor fijo para toda la Humanidad. Hay por tanto enfermedades denominables como nutrigenotrópicas, es decir, provenientes de expresiones genéticas adversas, resultantes de inadecuadas concentraciones de nutrientes.


No existe el ser humano promedio. En particular, muchos individuos pueden requerir concentraciones considerablemente más altas de una o varias coenzimas que sus congéneres para mantener una salud óptima tanto física como mental.(22) Mucho se ha debatido sobre la individualidad bioquímica basada en polimorfismos, de la cual no se tiene dudas en términos clínicos. Es difícil obtener evidencia experimental de los centenares de mutaciones, deleciones y repeticiones genéticas que ocasionan únicamente pequeños cambios en las propiedades catalíticas de las enzimas. Con todo, el hecho de que existan mutaciones espontáneas bien descritas que sí causan brutales trastornos (como la aciduria metilmalonica) permitió inicialmente sospechar que también existan mutaciones no-letales, responsables de muchas patologías subclínicas.(23)


La estructura determina la función, o

El inconsistente mito de las moléculas “naturales”.


Finalmente, es preciso disolver el mito del origen de los suplementos, aquel que sostiene que las moléculas de procedencia natural son más beneficiosas que las de origen sintético. La vida depende de un conjunto de substancias precisas que deben ser asimiladas con la alimentación. La concepción ortomolecular de la nutrición utiliza dichas substancias básicas (vitaminas, aminoácidos, oligoelementos, enzimas, ácidos grasos) como herramientas terapéuticas para tratar enfermedades somáticas y psíquicas, o bien para incrementar la performance física e intelectual. Todos conocemos la saga etimológica del término ortomolecular, creado por el brillante y original químico Linus Pauling, dos veces premio Nobel, para describir la creación de un entorno cerebral óptimo por el aporte o sustracción de altas concentraciones de moléculas clave, normalmente existentes en el organismo.(24) En los casos en que es útil saturar el medio interno con un compuesto en particular, la lógica de la intervención ortomolecular es suplementar las cantidades correctas (ortho) –¡no las cantidades mínimas indispensables!- de las substancias primordiales (moleculae) que son el substrato de todas las reacciones bioquímicas sobre las cuales se funda la vida.


A este respecto, y puesto que los médicos expertos en esta clase de intervención nutrifarmacológica usan dosis hasta tres órdenes de magnitud más grandes que las DDR (o CMI), debe comprenderse que la función bioquímica de cualquier substancia está determinada por su estructura, no por su origen. Una molécula de vitamina B-3 sintética es químicamente idéntica a una molécula de vitamina B-3 extraída del huevo, o de la carne. La verdadera preocupación no debe estar en si una substancia fue producida en un laboratorio o en un limonero, sino en si la substancia en cuestión es tóxica o no. Infinidad de substancias de origen natural, es decir, substancias encontrables en la Naturaleza de modo espontáneo, son extraordinariamente tóxicas. En la Naturaleza hay, de hecho, muchos más venenos que alimentos. ¿Es entonces lo natural mejor que lo sintético?


Muchas personas orientadas hacia el Naturismo y las medicinas alternativas de la New Age tienen prejuicios contra las substancias obtenidas por síntesis, las cuales consideran “químicas”. Parecen ignorar que todas las substancias que habitualmente nos rodean, así como las que forman nuestro cuerpo, son en efecto, “químicas”. Todas las materias de uso tan cotidiano: agua, azúcar, pan, carne, leche, aceite, café, el aire que respiramos en fin, ¡todo!, está formado por combinaciones de moléculas cuya estructura íntima determina su efecto. La configuración estereométrica y no la procedencia, determinan la afinidad de una enzima por su sustrato, y de una hormona o un neurotransmisor por sus receptores. Si la estructura es la correcta, la procedencia es irrelevante. Natural no es sinónimo de bueno, ni sintético es sinónimo de malo. Ser conscientes de ello nos permite librarnos de prejuicios y concepciones pseudocientíficas, para aprovechar todas las técnicas terapéuticas y regeneradoras a nuestro alcance.


Nada hay pues que deba asombrarnos de un enfoque ortomolecular en el intento de restaurar la salud humana. La práctica ortomolecular, que bien podría llamarse bioquímica clínica aplicada, que viene contribuyendo cada vez más claramente al conjunto racional de intervenciones definibles como “medicina biológica”. Podríamos acercarnos a una definición de este conjunto, aclarando que denominamos Medicina Biológica (MB) a un enfoque clínico que considera fundamentalmente las causas primarias de la constelación patogénica de la persona, y no únicamente a la mitigación xenobiótica de los síntomas.


Las intervenciones terapéuticas aquí consideradas, incluyen el espectro total de terapias demostrablemente efectivas descubiertas a la fecha. Esto incluye todos los procedimientos, fármacos e intervenciones validados clínica y experimentalmente, cualquiera sea su procedencia o mecanismo de acción. Tanto por su filosofía de base como por sus recursos diagnósticos y sus herramientas terapéuticas, la MB concibe a la persona como una compleja entidad psico-bio-social y no meramente como una maquinaria fisiológica. No son las herramientas empleadas sino la visión diagnóstica y terapéutica la que define un abordaje biológico a la medicina humana. No importa de donde vengan los argumentos, o de qué escuela de pensamiento surja la terapia. De acuerdo con esta definición, si la intervención propuesta es realmente eficaz en el sentido de la erradicación de las causas primarias -y es ventajosa para el sujeto humano tratado- debe entonces incorporarse.


REFERENCIAS:


1. Modulation of B12 Dosage and Response in Fetal Treatment of Methylmalonic Aciduria (MMA): Titration of Treatment Dose to Serum and Urine MMA. Evans M.I.a,b,c · Duquette D.A.a,b · Rinaldo P.e · Bawle E.d · Rosenblatt D.S.f · Whitty J.a ·Quintero R.A.a · Johnson M.P. Fetal Diagn Ther 1997

2.

[1] Hazel propuso el primer conjunto de estándares dietéticos que tuvo en cuenta los requerimientos mínimos de varias vitaminas recientemente descubiertas (tiamina, riboflavina, ácido ascórbico y retinol), así como calcio, hierro y fósforo. Estos parámetros se desarrollaron en un ambiente de terrible escasez, en medio de las hambrunas de la Gran Depresión y como parte de un programa de alivio para los prisioneros norteamericanos e ingleses que, una vez ganada la guerra, se liberarían de los campos de concentración alemanes.


Ernesto Prieto Gratacós

Laboratorio de Terapia Metabólica, Buenos Aires.

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