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LA HORMONA DE LA MUERTE. Tras el consumo de oxígeno y el envejecimiento celular.

Actualizado: 13 de mar de 2019


La vida comienza a los 40 años, reza la sabiduría popular. Sin embargo, algo peculiar sucede también con nuestra energía y vitalidad en el periodo entre los 42 y los 49 años de edad. ¿Qué misterioso elemento comienza a activarse (o desactivarse) en relación con la potencia regenerativa del organismo? Investigando el decremento del consumo de oxígeno que sobreviene con la edad, el endocrinólogo Donner Denckla, trabajando para el NIH (1), postuló la existencia de una misteriosa hormona hipofisaria llamada DECO (acrónimo de Consumo Decreciente de Oxígeno en inglés). El vínculo entre esta secreción hipofisaria y el ritmo de envejecimiento es profundo. Denckla extrajo quirúrgicamente las glándulas pituitarias de varios ratoncitos y les administró luego hormonas (tiroideas y de crecimiento), logrando rejuvenecerlas. En efecto, órganos nobles como el corazón y los pulmones de aquellos ratoncitos operados lucían -debido, en teoría, a la ausencia de DECO- mucho más jóvenes de lo normal. Notablemente, al inyectar a estos mismos animalitos con un estracto pituitario (otro nombre para la hipófisis) rico en hormonas, sus órganos retomaban aceleradamente el envejecimiento. Esta extraña hormona, entonces, perturbaría la sensibilidad del organismo frente a un importante grupo de secreciones endocrinas: las timosinas.(2)



La hipótesis de una “hormona de la muerte” provenía de la observación de que extraer quirúrgicamente la hipófisis a las ratas retrasa ciertos aspectos del envejecimiento e incrementa la longevidad. Ya Denckla había demostrado que, al envejecer, las ratas experimentaban una disminución en su consumo basal de oxígeno, al tiempo que extraer la glándula pituitaria prevenía esa disminución del cociente respiratorio. A pesar de que la hipótesis de Denckla resultó no ser correcta -no hay una hormona de la muerte- , varias líneas de razonamiento sugieren que la senescencia, y por extensión la destrucción orgánica, puede ser una función regulada en los mamíferos. Por analogía con otros procesos de maduración que también son regulados por un control temporal interno o reloj biológico, se sospecha que el eje hipotalámico-pituitario puede perfectamente ser el sitio de regulación de la cascada de eventos biológicos que culmina en la muerte. Controlar este eje neuroendocrino permitiría extender dramáticamente la vida.

Mientras la gerontología clásica ha insistido en tratar el envejecimiento como algo inevitable, y en describir apenas las calamidades de la edad, la biogerontología en cambio -rama de la Medicina Biológica- tomó un abordaje intervencionista. En este sistema, a la vez sencillo y eficaz, se utilizan parámetros específicos para estimar la edad biológica y monitorear objetivamente el progreso. A menos que evaluemos longitudinalmente nuestra edad biológica, será imposible saber con exactitud, cuantitativamente, si nuestro programa de rejuvenecimiento está funcionando. Sea cual fuere el sistema regenerativo empleado, las evaluaciones regulares son el único modo de establecer si el ritmo de envejecimiento está disminuyendo o no.


En este sentido, nos volvemos nuestro propio “control” y, en vez de comparar las medidas obtenidas con la norma para la edad, nos comparamos contra nosotros mismos, considerando además que cualquier desviación del rango juvenil de parámetros (peak vitality o vitalidad máxima) es en realidad indeseable y patológica. Por razones neurofisiológicas que aún no se comprenden del todo, el solo hecho de evaluar y registrar nuestros parámetros vitales es ya en sí mismo un modo de intervenir positivamente en la salud. Como dice nuestro sagaz amigo Ed Seykota:“Lo que medimos, tiende a mejorar”.


Ernesto Prieto Gratacós.

Laboratorio de Terapia Metabólica, Buenos Aires.

📷 Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución -NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

REFERENCIAS:


1) National Institutes of Health, United States of America.

2) Las timosinas, modificadores de respuesta biológica, son proteinas diminutas originalmente aisladas en el tejido del timo, pero presentes en muchos otros sitios. Responsables de diversas actividades biológicas, las timosinas (en particular α1 y β4) tienen potencialmente valor terapéutico.

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